lunes, 5 de septiembre de 2011

Haz patria, mata un árbol: Caca hasta en la sopa


Cuando disfrutamos el placer que produce durante el almuerzo, pasada la mañana, entrarle con todos los dientes a una gordita de chicharrón rellena de lechuga, crema y nopales, o mientras saboreamos el aceite quemado del empanizado que cubre la milanesa de nuestra torta con quesillo y, aún más, mientras decantamos los litros de alcohol ingerido con la ayuda de unos tacos de suadero, de tripa, campechanos o al pastor, corremos el riesgo, a veces el ineluctable riesgo, de contraer una infección estomacal que si bien nos va, nos hará sentir un ligero malestar durante las horas subsecuentes, pero que en muchos casos, será el potencial causante de un titánico chorrillo cuyos efectos nos mantendrá postrados toda la noche en el escusado de nuestros apacibles hogares.

Los motivos a los cuales se hará responsables de dicha infección y de la diarrea que ésta conlleva son variados. Podrán decirse muchas cosas sobre agua con que la lechuga fue lavada o si es que fue desinfectada, sobre la fecha en la que se sacrificó a la ternera de la que se extrajo tan suculenta milanesa o de la tenue capa de polvo y esmog que glaseaba las capas de carne al pastor del trompo que nutrió aquellos tacos. Poco o nada se tendrán en cuenta aquellas minucias fecales de los adorables perritos cuyos aletargados dueños no osan recoger y que, de la misma forma en que el mar erosiona las playas, se van secando, se van convirtiendo en pequeños granos de arena que el viento resguarda en puerto seguro entre los ingredientes de nuestra comida. Y ahí estará escondido el sueño que el retrete nos habrá robado.

Si la caca de mi mascota acaba dentro de mí, junto con esos diminutos seres que agitan mis entrañas hasta provocarme tamaña descompostura, ¿a dónde irá a parar mi propia caca?, ¿provocara algo similar en alguna otra criatura? Hace unos días leí una breve noticia que Malo de cuento tuvo a bien postear desde aquí y que me orientó sobre los posibles lugares a donde mi mierda y la de los demás termina su camino, además de mostrarme los problemas que dicho material ocasiona. En ella se revelaba, de acuerdo a una investigación realizada por científicos de la Universidad de Georgia y del Rollins College en Florida, al organismo que sufre la consecuencia de que nuestros desechos fecales sean arrojados al mar, y en específico, a las aguas de la costa oeste de los Estados Unidos de América.

En la región de los cayos de Florida y en el archipiélago de las Bahamas, abundaba hasta hace unos años una especie de coral llamada comúnmente Cuerno de alce (Acropora Palmata), cuya población ha ido decreciendo debido a la Viruela blanca o Serratiosis de acróporas, una enfermedad producida por la bacteria Serraria marcenscens, causante de que los tejidos coralinos sufran lesiones, hasta originar la necrosis total del coral. Y aunque esta bacteria se encuentra también en los desechos de otras especies animales como las gaviotas, se demostró que la cepa que afecta al Cuerno de alce proviene de las aguas negras de las cloacas a donde llegan esos mojones que tiramos por el excusado, aguas que luego son tratadas en plantas deficientes, para, al final, ser vertidas al mar. Por lo que ahora sabemos que nuestra mierda, o al menos la de los gringos que habitan el Caribe, ha estado asesinando a la principal especie que forma uno de los arrecifes más extensos de todo el mundo.

Se dice que conocer el agente patógeno del coral ayudará a acelerar la construcción de plantas de tratamiento más efectivas, que impidan el paso de cualquier organismo ajeno al ecosistema marino. Sin embargo, aunque resulta un gran adelanto el que dicho problema haya sido detectado en aquella zona en particular, ¿qué sucede con otros lugares en los que los desechos son vertidos sin mediación siquiera de planta alguna?

Para el caso de México, algo similar ha sido ventilado desde hace ya varios años por la activista ambiental Nancy de Rosa, habitante de la localidad de Akumal, Quintana Roo y directora de SAVE (Salvamento Akumal de Vida Ecológica), quien, además de evidenciar el relleno indiscriminado de manglares y santuarios de tortugas, con materiales pesados que rompen el equilibrio de dichos ecosistemas, por parte de cadenas hoteleras como la española propietaria del conjunto Bahía Príncipe, ha demostrado que solo veintíuno de los trescientos hoteles ubicados en la Riviera Maya cuenta con una planta de tratamiento de aguas que procese los desechos antes de que estos sean arrojados al mar. ¿Y los demás?, ¡a cagar se ha dicho!

La misma Nancy de Rosa, quien descubrió, junto con otros exploradores, uno de los sistemas de agua subterránea más grandes del planeta, con aproximadamente 200 km de longitud, ha dicho haber visto pequeñas piezas de heces fecales flotando como amorfos pececillos en aquellas cuevas marinas cuyas manifestaciones más famosas son los Cenotes, hundimientos de la superficie terrestre, que no son otra cosa, sino la prueba de que el terreno sobre el cual se asientan la mayoría de los complejos hoteleros de aquella zona es sumamente inestable, pues debajo de él reposan sendas cavernas.

No obstante, haciendo gala del cinismo mierdoso típico de nuestros tiempos, ese que todo lo absorbe y lo transforma a su conveniencia, incluso, por supuesto, la ley; la susodicha cadena hotelera demandó a De Rosa, vía un prestanombres ficticio, por un crimen ambiental que ella no pudo haber cometido. Argumenta el demandante que la activista rellenó el terreno en donde habita —de una extensión de 200 m2, que en nada se comparan con los miles de hectáreas que la cadena ha rellenado—, mismo terreno que hace veinte años era parte del inmenso manglar que ocupa la zona y que precisamente hace veinte años fue rellenado por el dueño anterior, ya que Nancy aún no abandonaba los Estados Unidos, país de donde es originaria. A pesar de haberse comprobado mediante peritajes hechos por la autoridad lo absurdo de la acusación, Nancy de Rosa debe acudir cada semana a firmar su libertad bajo fianza, so pena de ser encarcelada.

Resulta claro entonces que es necesario observar detenidamente la viga en el ojo propio y no la paja en el ajeno. Es cierto que el descubrimiento del origen de la enfermedad que ha asesinado a tantos Cuernos de alce es a todas luces relevante, pero debemos darnos cuenta, a tiempo, de que por acá también hay mucha mierda, en el mar, en la ciudad, en nuestro cerebro, en la ley y hasta en la sopa.

Erizipela Rotondo

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