miércoles, 14 de septiembre de 2011

Radares e interferencias: Alison Mosshart / Nike / Back to The Future

Interferido sobre la cinta

Una de las formas de la estética de la interferencia es aquella que se conforma por secuencias del pasado (por ejemplo los deja vous) que redimensionan o potencian la dimensión inicial del suceso aparentemente nuevo, los momentos actuales. El yo sufre una breve y proteica dislocación del centro y por un instante surge la sorpresa y el descuadre, incluso el roce con experiencias de otras vidas, de otros mundos y de otros cuerpos. Esto sirve para el plano de la vida o de la ficción.

Alison Mosshart en el José Cuervo Salón, 9 de octubre de 2009.

Alison Mosshart, vocalista de las bandas The Kills y The Dead Weather, dará este miércoles un concierto en el José Cuervo Salón acompañada en la guitarra por el músico Jamie Hince. El día de ayer mientras corría unos breves minutos sobre una caminadora eléctrica tuve una visión, mientras al lado mio otro chico corredor reía porque en las pantallas del gym pasaban la teleserie The Big Bang Theory, solo que como me quedaban muy lejos yo no alcanzaba a ver nada pero comprendía, por las risas espontáneas del joven, que el episodio habría de ser muy gracioso.

En la visión se conjuntaba mi novela (inédita, oculta, cerrada) la figura de Alison Moshart sobre el escenario, y mis pies forrados en unos tennis nike que me encantaban: unos negros lunarlite con los cuales literalmente me sentía un caminante lunático, fueron los primeros tenis con los que sentía que flotaba.
Tenis Lunarnite de Nike. ¡A poco no están chidos!

En fin, como no me podía distraer ni por las imágenes de las pantallas ni por la música (no porque no la escuchara sino porque no me prendía), me tuve que entretener con mi propia cabeza. Y recordé que esa era una de las cosas que más me gustaba de correr y recordé el título de un libro del escritor japonés Haruki Murakami, De qué hablo cuando hablo de correr. Bueno pero si estaba corriendo qué de revelador tiene recordar que pensar es algo que me gustaba hacer cuando corría. Fue tan importante en el pasado que, por ejemplo, corriendo fue como se me ocurrió el final de mi primera inédita y escondida novela.

Es que hay un punto cuando corres en el que la resistencia se reblandece y justo antes de que se te doblen las patitas respiras fuerte y surge una energía de reserva, así como le pasa a la locomotora de Volver al futuro III con la cual Marty McFly vuelve a 1985, locomotora a la que el Dr. Emmet Brown le pone unos como carretes enormes de hilo de color o enormes fusibles fluorescentes cuyo contenido en realidad es pólvora y otros minerales, los cuales ayudan al Delorean a alcanzar la velocidad mínima requerida para viajar en el tiempo. Esas sustancias, entre endorfinas y adrenalina, las segrega nuestro propio cuerpo y es algo así como sacar lo que hoy conocemos como el ¡fua!

Fotograma de la película protagonizada por Michael J. Fox

Hablando de interferencias esta columna ha sido interferida, hablando de tenis, del paso, del tiempo y de las habilidades perdidas, recuerdo el modelo de colección Back To The Future que acaba de poner en subasta la compañía Nike, cuyos fondos serán destinados a la Fundación que preside Michael J. Fox que combate el mal de Parkinson.




Lo que sigue no lo digo por presunción, de hecho lo digo con un tanto de nostalgia. Como el sentimiento no es lo importante para lo que voy a tratar me permito hablar de ello. Hace dos años llevaba una rigurosa actividad de preparación física, de tal forma que durante 4 meses entrenaba haciendo ejercicio de pesas pero sobre todo cardiovascular. Corría 6 0 7 km diarios entre semana, los cuales los alcanzaba en alrededor de 30 minutos. Además, los fines de semana corría en los Viveros de Coyoacán y me echaba cinco o seis vueltas, considerando que la extensión de la pista del parque es de alrededor de 2km (me parece que son 1,800 metros) corría entre 10 y 12 kilómetros.

Esa media hora requiere mucha concentración y control para no desgastarse, dosificar la energía y calcular la reserva. Ya fueran treinta minutos o una hora, es un lapso lo suficientemente amplio para pensar, aún si nos ponemos los audífonos y nos atascamos de Muse o Lady Gaga o Massive Attack o Bjork o Nine Inch Nails o Asian Dub Foundation o The Chemical Brothers. Así que además de controlar el cuerpo, escuchar música, hacer morder el polvo a las chicas, señoras y chavos que dan una vueltita con trabajos o morder el que dejan a su paso los maratonistas profesionales, esa actividad era sumamente reflexiva, y hasta intelectual, ¡por Dios que sí! Sin duda, mi actividad laboral era menos demandante. Telecápita no estaba en el mapa.

Ahora bien, recuerdo todo esto porque el 9 de octubre de 2009 mi novia me conminó a conseguir boletos para poderir a ver a The Dead Weather, cuyas figuras principales eran Alison Moshart y Jack White (siempre me confundo entre él y Jack Black). Fuimos. Nos echamos unas chelas. Y llegamos a colocarnos, a viento y marea, muy cerquita del escenario, como nos gusta hacerlo casi siempre que vamos a un concierto de rock. En pocas palabras, el concierto fue sensacional. Tanto Jack como Alison derrocharon su talento y el misterio que los envuelve.

White es todo un domador del escenario, es un verdadero rockstar. Y Mosshart es la sensualidad a plomo. No es precisamente guapa pero sí es sumamente atractiva sobre todo cuando con un flequito o con unos anteojos oscuros se cubre los ojos, camina lentamente sobre sus tacones que sostienen sus afiladas piernas cubiertas por un ajustado pantalón de mezclilla. Ella se mueve lento en el escenario. Se mueve poco a poco como una bailarina erótica: perfila el desnudo pero lo posterga y, más bien, lo detiene en la imaginación.

En aquel concierto hubo mucha euforia. Incluso Le Butcheretes que fueron las abridoras nos dieron un muy buen sabor de boca por sus loqueras en escena. Brincamos todo lo que pudimos. Y al final, salimos empapados por la exposición durante un par de horas al sudor propio y al ajeno. Esa comunión que solo nos permitimos cuando nos entregamos al rock.

Los que saben pueden estar de acuerdo en que estar hasta adelante en un concierto de rock es cansado, se necesita fuerza y voluntad, no solo capacidad toráxica y pasión, sino también buenos brazos y buenas uñas para agarrarte. En algún lapso del concierto, la agitación del mar de cuerpos provocó que yo realizara un movimiento de cadera muy forzado. Me dolió un poco la espalda baja. Pero no le di mayor importancia. Cuando terminó el concierto salimos a la fría noche de una colonia limítrofe entre el living la vida loca de Polanco y la precariedad de la Pencil, empapados de sudor.

Al día siguiente sentí una ligera punzada. Cualquier cosa. Decidí ir a hacer ejercicio. Me subí a la caminadora. Caminé un poco y luego le trepé a nivel 14, velocidad en la cual podía hacer 7 kms en 3o minutos. Pero no me sentía cómodo. Comencé a sentir un dolor en la nalga izquierday en la rodilla. Pensé que se debería a que yo estaba un poco frío y entonces corriendo se me quitaría. Pasaron cinco minutos y lo que comenzó como una molestia se convirtió en un fuerte dolor.

A esto siguió un dolor fuerte al pararme, al subir escaleras. A dejar de correr. Se trató de una lesión en el nervio ciático. Luego, algunos ejercicios terapeúticos, inyecciones de Dolo Neurobion, nada de movimiento, nada de correr. Pasó casi un año para que pudiera trotar sin mucha molestia. Ahora, pervive un dolor en la rodilla izquierda. Pero en lugar de alcanzar 7 km en media hora, con esfuerzo alcanzo cinco.
La mente funciona de formas sorprendentes. Un momento de distracción y una sonrisa, lña del chico de al lado, me hizo recordar ese lapso en el cual correr significaba casi casi una especie de meditación (en realidad tiene mucho que ver por la manera en que se debe respirar), y vino a mi mente el momento o la razón de la fractura: un concierto de rock, en cuyo centro estaba una mujer (Mosshart) que veremos otra vez mi novia y yo dentro de unas horas cuando acudamos al concierto que los Kills ofrecerán el día de hoy.

Tal vez sea momento de volver a correr a 7/30. Tal vez ya no se puede. La interferencia es caprichosa porque es un desajuste, así como al disonancia metafísica que menciona Lukacs en su Teoría de la novela, cuando habla sobre lo que provoca el arte o lo que es: siempre es una disonancia metafísica.

Estoy convencido que el arte también son impresiones, ya no solo objetos, y que estos a veces son incluso regalos mismos de la experiencia. La tarea sería desarrollar una mente adecuada para advertir las interferencias, esos relámpagos que nos descolocan y nos sacan del tiempo presente y de la normalidad aparente. Es mucha la creación que excede a lo creado. Cuando lo creado repercute y hace eco en la vida personal, ahí también existe arte, instantes que no se compran ni se venden en galerías, momentos que no se planean, flujos que solo se perciben o que se cree fueron percibidos. Las interferencias son sutiles. Nos ponen cerquita de la mente más sutil.

Santiago Valencia
@freilax

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